
Siempre los he odiado, desde pequeño, nunca me han gustado.
Cuando era pequeño solíamos ir todos los domingos al campo, de perol, como se suele decir en mi tierra. Tengo muchísimos recuerdos de esos domingos. Innumerables las aventuras que nos hacian pasar a mi y a mis primos mi padre y tíos cuando ibamos a hacer excursiones, a buscar fósiles e incluso cazar serpientes (de pequeño me fascinaba, ahora con la madurez, me repugnan). Pero al igual que tengo muchos y bueno recuerdos de aquellos domingos de perol, siempre me viene a la mente el sentimiento de tristeza que me invadia cuando al caer la tarde, volviamos a casa repitiendo el mismo ritual de todos los domingos por la tarde: llegar a casa, baño de agua caliente, cena muy temprano y a la cama, a descansar para afrontar una dura semana de colegio.
Ahora que soy mayor, los domingos por la tarde me siguen causando la misma sensación, no me gustan, los odio, en ocasiones me hacen sentir triste. No me gustan porque hacen dejar atrás una semana más, porque te abren la puerta a una semana llena de quehaceres y porque no me gusta el color de un domingo al atardecer, una luz demasiado anaranjada tan diferente a la del resto de los días. Pero bueno, todo empieza y todo acaba, la vida pasa, todo pasa... En fin, cojamos aire, que viene el lunes.
1 comentario:
El domingo por la tarde es el colofón de una semana llena de vivencias. Suelo analizarlas, aunque no siempre me hagan feliz. En ese caso, me evado del mundo metiéndome en un libro, y me olvido de lo que no me gusta.
Besos.
Publicar un comentario